Las mujeres que han sido maltratadas, en su mayoría, presentan ciertos rasgos comunes: «no tienen expresión emocional, son parcas en sus gestos, rehúyen del contacto físico».

Las mujeres asesinadas, es la cara más visible del infierno que viven miles de mujeres en sus casas; es la violencia llevada al extremo. Su antesala pueden ser años de golpes y palizas, pero también de maltrato psicológico, humillaciones y vejaciones que dejan una huella difícil de borrar en la mente de la víctima, sometida a una persona que llega a moldear su estado de ánimo, su comportamiento, sus expresiones, sus gestos.

Susana Álvarez-Buylla, experta en violencia de género, advierte que «cada persona es un mundo», que «cada uno reacciona a lo que le ocurre de una manera diferente», pero admite que suele haber «una serie de rasgos que las víctimas de la violencia de género tienen en común».

Uno de los aspectos más característicos es que «no hay expresión emocional en ellas»: «El sufrimiento ha sido tan fuerte, el machaque psicológico tan brutal, que han neutralizado lo que muestran al exterior para evitar el estado agresivo de quien las maltrata», asegura. No quieren hacerse ver ni llamar la atención, pretenden pasar desapercibidas.

Su incapacidad para expresar emociones se refleja en su forma de hablar, en cómo dicen las cosas (paralenguaje). «Su entonación es prácticamente inexistente, su volumen es bajo y su locución, lenta», explica Álvarez-Buylla, quien además agrega que «los gestos de su cuerpo suelen ser parcos, no ampulosos como los del resto de la gente. Van con la espalda y hombros caídos, la cabeza baja». Además, en la mayoría de los casos, «no se visten para gustar ni para gustarse, lo hacen porque no les queda otra».

Por otro lado, rehúyen del contacto físico: «No les gusta que se les acerquen ni que las toquen, se sienten invadidas si lo hacen». Algo que la experta en comunicación no verbal califica de «trágico», ya que «el tacto –expone– es fundamental para la supervivencia y constituye poderosa forma de comunicación»; sirve para transmitir sensación de calma, también para proporcionar placer. Como muestra de la importancia que tiene el sentido del tacto en el día a día de las personas, cuenta que, «en la Segunda Guerra Mundial, los niños huérfanos eran perfectamente atendidos –se les limpiaba y daba de comer–, sin embargo, muchos fallecían por muerte súbita sin explicación aparente porque estaban bien. Después se descubrió que era porque nadie los abrazaba, no tenían contacto, les faltaba lo más importante». Extrapolando el caso a quienes han sufrido malos tratos, Álvarez-Buylla afirma que «estas mujeres pierden así la posibilidad de calma y de placer».

No obstante, la experta en violencia de género advierte que hay excepciones: «Existen casos contrarios; hay mujeres que, por ejemplo, han sufrido abusos de pequeñas y de adultas son muy promiscuas. Sienten que solo a través de su cuerpo pueden recibir afecto».

Una recuperación lenta

En todos estos casos –asegura Álvarez-Buylla– quedan «cicatrices silenciosas». La violencia de género deja a las mujeres que la han padecido «devastadas, sin identidad, en la nada». De hecho, «la intención del agresor es anular a la víctima como persona. Es por eso que aguanta tanto junto a él, porque siente que lo que pasa no es real, no lo puede creer. No ocurre de repente, ningún hombre llega y le pega nada más conocerla. Primero, la adula y la hace sentir querida; ella cae poco a poco en la trampa». En muchas ocasiones los malos tratos pueden surgir [o incrementarse] «cuando nace el primer hijo porque ya hay otra persona a la que ellas van a cuidar y en la que van a volcar su atención». Otro punto de inflexión puede ser la separación.

Las heridas que quedan en el interior de la mujer maltratada se curan muy poco a poco. «Al principio, cuando acuden a terapia, vienen muy cerradas. Yo soy consciente de que hay alguien más en la sala: el agresor, que se interpone, que está en su cabeza, del que no se puede despegar tan fácilmente», narra Álvarez-Buylla, que prosigue: «La gente les ha dicho que están locas, que son cosas suyas. Se sienten culpables. No hablan. Hay que establecer una relación de igual a igual para que no sientan que estás en una posición de poder y vean que de verdad te preocupan; hay que explicarles que no es normal cómo las han tratado. Ellas se abren poco a poco. Es un trabajo arduo. No de meses, sino de un año o dos como mínimo».

A esto se suma que dejar a la pareja, a la persona que les ha hecho daño, se puede convertir también en una tarea muy complicada. Para ayudarlas, Álvarez-Buylla se decanta por «hacer que sean conscientes de lo que valen porque durante años les han dicho que son feas, que no saben cocinar, que no sirven para nada, que son malas en la cama… les han quitado la capacidad de ser persona». Sin embargo, asegura que pueden conseguir sobreponerse y que «el cambio es maravilloso: en sus posturas, su actitud, lo que transmiten». «El trabajo es duro, pero el resultado es muy gratificante», concluye.

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