En la isla de Budelli había aguas cristalinas, arenas rosadas y un señor muy simpático que solo quería estar alejado de todo y de todos

Mauro Morandi era un tipo tranquilo, quizá demasiado tranquilo para el mundo en que vivimos. A finales de los ochenta este profesor de educación física de Cerdeña, se cansó del mundo. No quería saber nada más de la situación política en Italia y de una sociedad cada vez más consumista y egoísta. Quería escapar de todos y de todos y en su mente no paraba de alumbrar una misma idea: “Decidí mudarme a una isla desierta en Polinesia, lejos de toda civilización. Quería empezar una nueva vida cerca de la naturaleza”. 

Pero, como era de esperar, Morandi, que ahora tiene 81 años, no disponía del dinero necesario para hacer realidad su idílico proyecto. Por ello se juntó con varios amigos que compartían sus anhelos para ir a trabajar en el archipiélago de Magdalena y reunir el dinero necesario para el viaje. Pero todo cambió cuando navegaron junto a las playas rosadas de la isla de Budelli. Al contemplar el espectáculo de colores no pudieron evitar visitarla. Fue allí donde Mauro intercambió sus primeras palabras con el guardián de la misma que estaba a punto de jubilarse. 

“¿Crees que podría ocupar tu lugar?”, preguntó el profesor que, como él mismo dijo: “Encontré mi propia Polinesia a las puertas de mi casa”. Y allí permaneció durante 30 años recibiendo a los pocos visitantes anuales que que el gobierno permitía en la isla, que desde 1994 pasó a ser parque nacional. Pero sus problemas también comenzaron en el momento en el que su particular paraíso comenzó a atraer a demasiados visitantes que no dudaban en llevarse parte de la apreciada arena rosa de sus playas de regreso a sus casas. 

Las autoridades entendieron que la protección de la isla debería ser lo primero y que la presencia de Morandi era una incómoda excepción que no deberían pasar por alto. Mediante diferentes intentos trataron de desalojar al exprofesor de la isla, pero todos ellos fracasaron. Finalmente, en 2020 el presidente del Parque Nacional de la La Magdalena, Fabrizio Fonnesu, informó que Morandi se había excedido en las reformas de su cabaña alterando el paraje que habitaba de manera irreversible y que, por ello, debía abandonar la isla inmediatamente.

Lo que no se esperaba el burócrata es que miles de personas reaccionarían a su intento de desalojo con una campaña en Chanque.org que recogió más de 70.000 firmas por la continuidad del “robinson italiano” en la paradisiaca isla. Pero el revuelo social de su desalojo y la implicación de la política en el asunto convirtieron el sueño de Morandi en justo lo que él siempre había detestado. “Me he hartado, me marcho”, anunció finalmente el único habitante de la isla cansado de estar en el foco mediático y poniendo fin a 30 años de convivencia pacífica con el mar de fondo.

“Mi vida no cambiará demasiado, seguiré viendo el mar”, declaró al diario The Guardian dejando claro que si bien abandonaba la residencia en la isla su intención seguía siendo la de instalarse en un apartamento de alguna de las islas cercanas. La triste reflexión de su historia es que muchas veces la sociedad no está preparada para aceptar que haya individuos que solo quieren vivir a su bola y sin necesidad de participar de los mecanismos de un sistema decadente. Quizá no lo logró del todo, pero los 30 años que pasó allí es un recuerdo que nadie le podrá borrar. Jamás.