Tras más de cinco meses de aislamiento por una de las cuarentenas más largas del mundo, el país entra a un periodo de aislamiento selectivo. El costo económico es enorme y, aunque el reinicio genera esperanza, la reactivación no llegará tan pronto como muchos esperan.

Pasaron los 160 días de uno de los confinamientos más prolongados del mundo contra la pandemia. Ahora, como saliendo a la superficie un poco aturdidos pero felices, los colombianos comienzan el primero de septiembre una nueva fase de apertura.

El país inicia una etapa conocida como aislamiento selectivo con esfuerzo individual, que implicará menores restricciones y una fuerte apuesta por recuperar la vida productiva. Se mantendrán las prohibiciones para aquellas actividades que impliquen aglomeraciones, pero, en términos generales, las restricciones serán la excepción y no la regla, como venía ocurriendo hasta ahora.

En el ámbito global, solo Argentina tiene una cuarentena más dura que la colombiana. En la mayoría de los países afectados por el virus, el encierro preventivo duró alrededor de dos meses. En Europa, las medidas de aislamiento tomaron de siete a nueve semanas luego de que estos países se convirtieron en el centro de la pandemia. Algunos como Suecia nunca tuvieron cuarentena, y otros la adoptaron de manera menos estricta para evitar que a la crisis sanitaria se sumara la destrucción de sus economías.

Cuando la pandemia se trasladó a América, Estados Unidos, México y Brasil tomaron medidas de aislamiento menos estrictas que las adoptadas por Colombia, Perú, Chile, Ecuador y Argentina. Todos buscaban evitar un mayor daño económico mientras controlaban la pandemia.

La entrada del país en esta nueva etapa es una de las decisiones más importantes. Implica reabrir la economía con mayor certeza, recuperar actividad productiva y sentar las bases para la reactivación, que, por ahora, luce lejana. Los más optimistas la ven en el segundo trimestre del año próximo. Insisten en que reabrir no significa una inmediata reactivación: antes tendrán que recuperarse, es decir, dejar de perder.

Consolidar la recuperación requerirá de un trabajo fuerte en el que todos pongan de su parte. Que los ciudadanos eviten con su comportamiento mayores contagios, que los empresarios inviertan y reactiven sus negocios, y que el Gobierno apoye el proceso de recuperación y garantice la atención sanitaria.

La reapertura llega luego de mitigar los impactos en materia de salud, aplanar la curva y alcanzar una ‘meseta descendente’ de casos mortales. Todo lo cual permite ver una luz de optimismo, según ha dicho el ministro de Salud, Fernando Ruiz.

Y llega también cuando en materia económica los resultados son desastrosos. En el segundo trimestre, la caída de la economía alcanzó un 15,7 por ciento, según el Dane. Solo en junio el país perdió casi 5 millones de puestos de trabajo.

Las medidas de aislamiento preventivo obligatorio, impuestas desde el 25 de marzo, le han costado a la economía una caída del 7,4 por ciento en el PIB al cierre del primer semestre. Para el año completo, el Banco de la República estima que podría descender entre 6 y 10 por ciento. Esto confirma, como lo ha dicho el presidente de la Andi, Bruce Mac Master, que la economía no funciona como un interruptor que se puede encender y apagar sin mayores consecuencias.

La pandemia ha implicado, de paso, una ‘masacre empresarial’ que le está pasando una costosa factura a la economía. Se trata de cierres de empresas, menor generación de impuestos para financiar el gasto social y el desarrollo de las regiones, pérdidas de empleos y el consecuente aumento en la pobreza de los colombianos, uno de los indicadores que mayores satisfacciones le había dado al país en la última década. Por eso, cabe preguntarse en este momento qué esperar de la reapertura y qué hacer para que Colombia vuelva pronto por la senda de la reactivación.

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